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Secuestro de Carbono

  • Aug 2, 2025
  • 4 min read

En el post anterior, dijimos que pese a que el efecto invernadero es un efecto perfectamente natural y deseable en cuanto entibia la atmósfera para el florecimiento de la vida, también es cierto que en los dos últimos siglos, a causa de la acción antropogénica (atribuible al hombre), se ha registrado una sobresaturación de gases de efecto invernadero, que sobrecalientan la atmósfera, amenazando la estabilidad del clima así como la de todos los seres que dependemos de él.



Es obvio que una nueva economía que descarbonice (deje de usar combustibles fósiles) los procesos de producción, distribución y consumo constituye el primer paso para nivelar la presencia de dichos gases. El segundo paso tiene que ver con repotenciar los mecanismos naturales que capturan el exceso de carbono presente en la atmósfera: “...a cualquier proceso que elimine de la atmósfera un gas de efecto invernadero o aerosol se le llama ‘sumidero’ (...) estos sumideros son muy importantes para paliar los efectos del cambio climático porque, en ellos, el carbono queda almacenado y no vuelve a la atmósfera en un plazo largo de tiempo (...) se dice que es carbono secuestrado. Y este es el carbono que nos interesa, la clave para evitar el calentamiento global porque está fuera de circulación por un tiempo y no contribuirá al calentamiento en forma de gas de efecto invernadero”*AntropOcéano, p.66.


Los mayores sumideros de carbono, los sitios que más carbono secuestran desde la atmósfera y lo mantienen retenido por cientos de años son el océano, el suelo y los bosques, manteniendo las temperaturas estables. De todos, el océano solo es el mayor sumidero del Planeta; absorbe entre el 25% y el 30% del CO2 que emitimos, mientras los bosques y suelos absorben en conjunto entre el 29% y el 30% (Panel Intergubernamental sobre cambio climático).




La forma en que el océano absorbe gas carbónico (CO2) de la atmósfera y lo bombea hasta sus profundidades para almacenarlo durante cientos y miles de años, opera a través de un doble mecanismo: la bomba física (o bomba de solubilidad), y la bomba biológica. En la bomba física, el CO2 de la atmósfera se disuelve en la superficie del mar volviendo más densa el agua que, en consecuencia, se hunde hasta el fondo quedando allí almacenado por cientos de años. 


En la bomba biológica (donde intervienen los seres vivos), el gas carbónico (CO2) es secuestrado en el océano, primero por la microbiota y vegetación marinas (fitoplancton, manglares, praderas y marismas) convirtiéndolo en su propia pared celular (biomasa) por medio de la fotosíntesis; y segundo, por los organismos que devorarán esas plantas, incorporando ese carbono a sus propios cuerpos, y que a su vez serán devorados por otros organismos mayores que, viviendo a mayor profundidad, lo transportarán en la sucesiva cadena alimenticia hasta el fondo marino. Esta cadena alimenticia así como las excreciones animales que esencialmente contienen carbono, contribuyen decisivamente a llevarlo a las profundidades del océano, donde a través de millones de años entrará a formar parte de la corteza terrestre en el gran ciclo biogeoquímico del carbono.


Los otros dos sumideros planetarios de carbono son, como dijimos, los bosques y los suelos. En los bosques, los árboles capturan gas carbónico (CO₂) mediante la fotosíntesis y junto con la luz solar y el agua, lo usan para fabricar glucosa que almacenan en su biomasa (tronco, raíces, hojas). Los suelos, por su parte, retienen carbono a través de la materia orgánica y la actividad microbiana. La materia orgánica corresponde a los tallos, hojas caídas, raíces muertas y estiércol que se van reincorporando al suelo al terminar su ciclo de vida.  En la actividad microbiana, los microorganismos del suelo (hongos, bacterias, actinomicetos, etc.) se alimentan de esa materia orgánica, y la descomponen en compuestos más simples que con el tiempo se transforman en humus (carbono estable) que puede durar décadas o siglos secuestrado en el suelo.

 

Un aspecto inquietante en los sumideros de carbono es que si se degradan pueden dejar de funcionar, o incluso convertirse en todo lo contrario, en fuentes de más CO2. De allí la importancia de gestionar correctamente los sumideros naturales disponibles. En el caso de los océanos, requerimos una política que salvaguarde los ecosistemas por medio del incremento de las reservas marinas; áreas protegidas donde estén prohibidas las actividades pesqueras y extractivas. En especial, aquellas que no sean sostenibles como la pesca industrial de arrastre que utiliza redes gigantescas unidas a barcos en movimiento, que llegando hasta el fondo, arrasan con todo el ecosistema enganchando lo mismo peces, que moluscos, tortugas, esponjas, corales, algas o praderas marinas. Se ha visto que la protección de un área por un espacio de al menos cinco años, es suficiente para repoblar una especie amenazada, y mantener intacta la bomba biológica de captura de carbono de la que acabamos de hablar.




Respecto de los bosques y suelos, el secuestro de carbono requiere un cambio de paradigma en la agricultura convencional, un cambio hacia el hacer pasivo. Se dice que la naturaleza tiene sus propios ritmos y también que la agroecología es el arte de saber esperar. Probado está que el arado con tractores, el monocultivo, los fertilizantes químicos, pesticidas y herbicidas ejercen una violencia en los tiempos de la naturaleza que contribuyen a la liberación de CO2 al aire, reducen la materia orgánica empobreciendo el suelo, emiten gases de efecto invernadero y reducen la diversidad microbiana fundamental para retener el carbono. De manera que la implementación de una agricultura regenerativa basada en la rotación y asociación de cultivos, el compostaje, los biofertilizantes y la labranza mínima o nula entre otras, pueden contribuir sensiblemente a evitar la erosión, enriquecer los suelos y almacenar carbono por largos periodos de tiempo. Se calcula que en un término de entre cinco y veinte años, se puede aumentar notablemente el carbono orgánico del suelo. 




Hacer del secuestro de carbono una agenda verosímil debería ser el objetivo central de todas las políticas públicas y privadas actuales, el interés primordial y urgente que uniera nuestra convulsionada y en todos los órdenes violenta civilización. Volver a la naturaleza y a todas sus criaturas con ojos de reparación y comedimiento sería el más cuerdo de todos los propósitos humanos. ¡Por un mundo en el que los únicos secuestros que se registren y multipliquen sean los de carbono!


*ROMERA, Cristina. AntropOcéano, Bogotá: Espasa, 2022.


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